sábado, 2 de noviembre de 2013

UNA HISTORIA DE LA VIDA COTIDIANA


Esta historia comenzó­ hace muchos años, tantos que parece de otra época, casi a mediados del siglo pasado. Me da vergüenza contarla y que alguien piense que estoy narrando mi propia vida. Todo comenzó en una cueva, era un lugar bellísimo donde organizaban fiestas y guateques. Yo me encontraba allí casi por casualidad, aunque con la perspectiva del tiempo y lo descreído que soy hoy día, ya que cada vez pienso menos en la atribución de la razón a todos los acontecimientos de la vida, es muy probable que fuera cosa del destino. Cada vez que recuerdo aquellos momentos me zarandean como si hubieran pasado ayer, la emoción me recorre todo mi cuerpo, empezando por el cuero cabelludo hasta cada centímetro de mi piel y se me eriza de igual manera como cuando de niño me ladraba un perro, siento como toda mi epidermis queda acorchada, parece una especie de coraza que me protege y aísla de todo lo que me rodea.

Recuerdo aquella muchacha rubia con su abrigo blanco, los ojos celestes y una sonrisa que me llenaba de paz y de alegría. Desde ese primer momento no necesitábamos hablar mucho, nos comunicábamos con la mirada, con gestos y parecía desprender un halo blanquecino que me envolvía y me colmaba de felicidad. En aquellos momentos no era muy consciente de lo que me pasaba, solo me transportaba a un mundo que me hacía olvidar de donde venía y los problemas de mi vida cotidiana. De una manera, aparentemente inconsciente, cuando la tenía entre mis brazos bailando y aspirando su olor, su aroma, me embriagó de tal forma que salieron de mi boca unas palabras que me sorprendieron a mí mismo. Me sentí muy turbado, casi avergonzado por mi atrevimiento, durante unos segundos la observé esperando que me recriminara, sin embargo, estaba tan azorada que no pudo reaccionar. Uf! pensé, esta vez me he escapado.

Cuando acabó la fiesta, bajamos la colina abandonando la cueva, íbamos en silencio, no sabía que decir, debía pedirle disculpas pero, de nuevo, sin saber por qué, le ofrecí que se apoyara en mi brazo para que no tropezara por la vereda que nos conducía a la ciudad. Quedé muy sorprendido porque sin hacer ningún gesto se cogió de mi brazo y, de pronto, todo cambió. El camino, bordeado por yucas y con las luces de la ciudad al fondo, me pareció que estaba en otra dimensión, en otro lugar o, más bien, en una nube. Hablamos muy poco, solo algunos comentarios intranscendentes, pero la sensación que tenía era que habíamos caminado juntos toda la vida, cogidos uno del otro. Pareció detenerse el tiempo, aunque íbamos caminado, nunca llegábamos al final de la cuesta, incluso hoy día lo recuerdo como unos momentos eternos, fueron minutos, segundos, sin espacio de tiempo.

Al dejar el camino y pisar el asfalto seguíamos agarrados uno al otro, yo la apretaba con fuerza a mi codo y ella se aferraba fuertemente a mí. En ese momento comprendí que había otra vida, muy diferente a la mía que era más bien triste, aburrida, sin motivo para la esperanza. ¡Íbamos del brazo! Y era ella, esa niña que aglutinaba como un imán a todos mis amigos, fueran varones o mujeres ¿Cómo podría definirla? Era diferente, única, muy bella por dentro y más por fuera, su alegría era contagiosa, limpia, inocente, con una pizca de ingenio e ironía que nos sorprendía continuamente. Muy querida por sus amig@s, nunca le conocí ningún “enemig@”, simplemente porque jamás los tuvo.

Me sentía muy afortunado solo con estar a su lado. Cuando llegamos a su casa y nos despedimos, confiando en vernos al día siguiente, comprobé que en mi brazo y en mi mano había quedado impregnado su aroma, su olor, su presencia, este era el gran regalo que me había dejado en un día tan importante para mí. Comprobé que, en el camino de vuelta hacia mi casa, había desaparecido, como por arte de magia, la pesadumbre que siempre me acompañaba al volver a un hogar donde precisamente yo no era muy feliz.

Al día siguiente paseamos juntos y al otro y al otro también, hasta que entrecruzamos los dedos en la cuesta Escoriaza para “probar” una historia de amor. Cada día era diferente, un nuevo día, un amanecer distinto, una ilusión renovada día a día. Hubo palomas blancas que se perdieron por el rio, tardes de lágrimas y llanto, abrazados bajo la cruz de piedra en el Carmen de los Mártires y la pregunta, terrible pregunta, pero ¿Por qué lloras? ¿Has dejado de quererme? ¡No, no, es porque te quiero mucho! ¡Uf! No eran mariposas en el estómago, eran dragones de fuego que nos fundían como al plomo y nos calentaban con mucha fuerza.

Así pasaron los años, viviendo una “vida cotidiana” que, al parecer, no es tan cotidiana, pero que es la vida, nuestra vida. Su luz siempre me acompañó, una luz dorada y blanca que envuelve a todo aquel que se le acerca, tiene suficiente para calentar y abrigar a toda la humanidad. Una luz que nos salva de la mediocridad de tantas y tantas vidas necesitadas de la adulación, que no del respeto, de la indignidad, de la injusticia, de tantos y tantos seres humanos que están braceando día a día en el fango de la intolerancia y del desprecio.

Cuesta Escoriaza, Granada.

 Noviembre de 1967

 

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